Venancio Neria o del estoico placer de ser poeta. Primera Parte.

Cuando conocía a Venancio yo tenia alrededor de 15 o 14 años, fue una recomendación de un poeta. En aquel entonces no confiaba en los poetas, la poesía me daba flojera, no comprendía en lo absoluto nada. ¿Qué cosa es eso? Vi a aquel hombre enorme, alto, con barba, que más bien parecía sacado de una novela de Gabriel Garcia Marquez, un toro colombiano, con su guayabera que implicaba humildad o apelaba a la estética de verse como un hombre que sabía de dónde venia. Le lleve unos cuentos, me dijo que estaba “con un humor muy fino”, eso me gusto y despues dijo algo que hizo que me la creyera que de verdad podría ser un escritor, tú eres escritor, de ahí en adelante le perdí la pista. Por proyectos y circunstancias que no explicare llegue a Pachuca, me enteré que estaba ahí, ¿Qué hace Venancio en esta pinche ciudad? Pensé en visitarlo y lo hice. Meses antes había trabado palabra con un música de primera talla, lo dejaremos como Martin. Martin y yo teníamos planes de iniciar una jornada de lecturas de clásicos mexicanos en distintas primarias de pueblos marginados, la idea nunca termino ya que yo tenia la jodida misión de terminar mi carrera y no me daba tiempo. Despues conocí el libro de Venancio, es ahí cuando me inserte en el universo poético de Vem. Menciono a Martin y  Vem ya que son dos artistas de talla increíble y los dos son de mi pueblo, un pueblo pedestre y lleno rencor, pero del cual han salido figuras que siempre van con la sombra de la indiferencia, como si asumieran un destino de antemano perdido. Siempre nos toca la de malas, al parecer el mundo no necesita poetas, no necesita letras, necesita pan y circo, pero no alta poesía. Nunca me ha costado entender la poesía de Vem, sé de lo que habla, sé de su símbología, nunca me ha costado entender que habla no con dolor, sino con algo que tardara años en explicar, del placer y la estética de lo Mexicano.

 Vamos a lucir
nuestras lenguas amarradas.
Vamos a llorar por los mezquites,
por las ánimas solas,
por el ejido grande.
Vamos a llorar por Santoñito
que ya no se acuerda de nosotros.

Sentimientos universales, poesía que sólo puede ser entendida desde una perspectiva del placer, de un placer arraigado desde épocas milenarias, ¿podrían entender eso, cuando viven entre muros y cloacas, entre sonidos y mentadas de madre?

Amanecen morillos negros,
cruces de sed bordean la carretera;
y tú allá,
que no baja la calentura,
que dicen que Dios se agrava

A pesar de su enciclopédico conocimientos, siempre guarda una risa, un comentario que dista de sus pretensiones estéticas, Vem no habla con pelos en la lengua, con palabras fundamentadas nos cuenta y desmiente el chismorreo de ciertas figuras, nos hace salud y nos pone canciones que nos saca una que otra lagrima mental.

Horizonte de los malos días,
sonámbulo en el polvo de la canícula.

No hay ni un resquicio de lo ridículo que suelen ser los poetas, al leer en voz alta estas palabras suenan a vida, a tierra y uñas que se aferran a la raíz. Venancio me hizo ver que no todos los poetas son unas divas entroncadas en bases de cristal macizo y cristiano de doble moral. En estos escritos me dedicaré a desentrañar (tarea que no es fácil) la estética del poeta estoico, uno que hace que el romanticismo del siglo XVIII parezca cosas de niños.

José Elsinore

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